Lo recuerdo claramente, dos minutos antes de salir del trabajo, una señora llamó muy asustada, sus palabras se mezclaban con profundos suspiros haciendo casi imposible entender lo que trataba de decirnos. Cuando al fin logró calmarse dijo que un hombre aparentemente loco estaba gritando y golpeando la puerta de su casa; después de darnos su dirección insistió de manera muy enfática que nos apresuremos.
Al ver nuestra llegada, el orate empezó a correr desesperado, a una cueva que había a un par de calles, de inmediato comencé a perseguirlo corriendo también, mientras mi compañero trataba de tranquilizar completamente a la dueña del domicilio; cuando logré alcanzar al demente mi compañero me espera a unos pocos metros, y juntos, con mucha dificultad logramos introducirlo en el interior del vehículo; pero en ese momento escuche un fuerte golpe seguido por un desgarrador grito de dolor, proveniente de aquella cueva donde había hace poco capturado a ese violento maniático; un tanto inseguro fui a dar un vistazo y al adentrarme por completo en esa cueva repleta de sombras, vi la silueta de un hombre de mi estatura, fornido y con el cabello muy corto, sentado sobre una roca.
-¿estás bien? ¿Por qué lloras?- le pregunte.
Él se puso de pie y comenzó a caminar hacia la salida mientras yo lo seguía con temblorosos pasos; cuando ya estábamos los dos fuera de la cueva fue muy evidente el estado en el que se encontraba este sujeto; cada pisada que daba era una tambaleada que lo jalaba al suelo, fue en la tercera caída en la que ya no intento levantarse y resignándose dijo:
-¿Qué haces muchacho? Hay todo un mundo por descubrir haya afuera y tú sigues a un viejo ebrio en medio de la penumbra.
No tuve respuesta a sus palabras, mucho menos a su interrogante y solo me senté frente a él.
-¡salud!- dijo, pasándome una pequeña y fría botella con whisky.
-no, gracias ya no bebo- respondí.
-yo bebo desde hace mucho tiempo, tanto que ya olvidé cuanto- agrego sonriendo.
-pero, aún no me has respondido, ¿Qué haces aquí?- volvió a preguntar.
Yo, me quedé en silencio otra vez, no pude responder y solo pensé que tal vez podría llevarlo al centro mental donde trabajaba, ya que ahí existe un espacio para rehabilitación de alcohólicos.
-al menos me dirás tu nombre, muchacho descortés- seguía insistiendo el anciano
-ah, sí, mi nombre es Karl- dije, extendiéndole mi mano.
-hola Karl, yo soy Julio Cesar, igual que el emperador- respondió estrechando mi mano.
-¿y usted que hace aquí?-pregunte.
-pues yo vivo aquí-respondió llevando la botella a su boca.
Cuando escuche esto, mire a mí alrededor, encontrando basura por todos lados, sin mencionar los fuertes y nauseabundos olores que producían los excrementos.
No sé explicar que me hiso enternecer del viejo Julio Cesar, pero mientras más hablábamos, mientras más entraba en las historias de su vida, sobre su familia, su carrera militar y el saber que vio más de una vez a la muerte cara a cara, tome por entera la decisión de llevarlo al centro mental y supervisar personalmente su caso. Cuando se lo propuse él aceptó sin pensarlo ni siquiera una vez, solo se puso de pie sujetándose de la rocosa pared y dijo:
-al fin una cama decente.
A duras penas logramos salir de la empedrada cueva y en el camino Julio Cesar me narro una extraña historia llamada por el “uno de sus tantos relatos”.
NERVIOS TORCIDOS:
Cuando tan solo era un muchacho que alardeaba los primeros bigotes en su rostro, mi abuelo me llevo a una alejada montaña a traer un gran cargamento de leña a la cuidad; pero por desgracia mía o mejor dicho por mi excesiva curiosidad, termine extraviado en medio de un inmenso bosque; vi ocultarse el sol más de dos veces antes de perder por completo la noción del tiempo, hasta que de repente llegué a un pequeño y escondido pueblo en medio del bosque donde me brindaron agua, comida y abrigo; dormí durante día y medio y al despertar , la señora que con tanta gentileza me había abierto las puertas de su hogar hallábase en un mar de lágrimas.
-¿Qué ha pasado señora, por que llora?-le pregunte.
-son esos demonios, se han robado a mi hijo…- respondió resoplando la mujer.
Como muestra de mi gratitud me aventure en ir y buscar a esos supuestos demonios ; al dar con su paradero un olor podrido golpeo mi aparato olfativo y de una oscura cripta sin nombre salieron tres personas, uno de ellos, el que más crueldad reflejaba traía un bastón y un gran corte con sangre coagulada en el pecho; el otro traía un hacha y le faltaba parte del cráneo y la ultima tenía un corte en el cuello y sacaba la lengua como una víbora mientras gemía; evidentemente estaban muertos y vivos al mismo tiempo.
-¿Quiénes son?- pregunte cobardemente.
-nervios torcidos, y vengarnos de este pueblo queremos- respondieron a la vez.
No lo negaré más y asumiré que estaba completamente aterrorizado, a si que comencé a correr asía la parte alta del bosque, viendo cuando estos tres demonios bajaban al pueblo destrozándolo todo a su paso, cortando cabezas y comiendo los ojos y los cerebros, viendo cuando cruelmente mutilaban niños y ancianos; si querían venganza, sin duda la obtuvieron. Yo por otro lado seguí corriendo llegando a otro pueblo donde me encontré con mi abuelo y el gran cargamento de leña.
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Tan fantástico había sido el relato de Julio Cesar que al instante evidencio el avanzado delirium tremens que el alcohol le había causado.
Al día siguiente, cuando fui a visitarlo al centro mental, me enteré que había golpeado bestialmente a dos enfermeros, por lo que sería transferido a un centro con mayor seguridad.
-hola Julio Cesar, ¿Qué tal esa decente cama que tanto añorabas?- le pregunte.
-buena, muy buena gracias- respondió.
-¿y la hospitalidad?- volví a preguntar.
-también buena, pero definitivamente estaría mejor si me dieran una botella de Jack Daniel´s-respondió riendo.
-ah, ¿y tienes algo que contarme?- pregunté insinuando con señas sobre los golpes por la pelea con los enfermeros.
-sí- respondió muy serio.
-¿Qué cosa?-dije.
-otro de mis tantos relatos-respondió burlándose.
LA RUINA:
Habíamos invadido territorio enemigo; el suelo era rocoso y con muchas grietas; mientas mas avanzábamos, más viciado se volvía el aire, llenándose de una terrorífica atmosfera nuestro alrededor. Nos hallábamos frente a la ruina de lo que seguía siendo una imponente iglesia cuando nos cayó la noche, y por culpa de la oscuridad se vio frustrado nuestro avance, obligados a pasar la noche en aquella iglesia. De pronto un muchacho muy delgado y sucio salió de los arbustos y corrió asía nosotros, poniéndonos a la defensiva.
-no entren-dijo, moviendo la cabeza rápidamente y mirando al vacio.
-o el fantasma del párroco los descuartizara a todos-insistió.
Apenas había logrado terminar de hablar, cuando el nerviosismo de uno de mis soldados, hiso que una ráfaga de balas de su Thompson lo arrojaran al suelo sin vida.
-bueno, no podemos lamentarnos por esta perdida y mucho menos creer en tontas historias, a si que no perdamos más tiempo y entremos de una vez-dije, tratando de tranquilizar a mi tropa, ya que ellos al igual que yo creían posible lo del párroco.
Al entrar, las paredes estaban manchadas de tal peculiar manera que producían escalofríos al mirarlas; alrededor de la media noche un salvaje grito hiso estremecer los gruesos muros de la iglesia, poniendo de pie en cuestión de segundos a la tropa entera.
-señor señor, mire a la puerta- dijo uno de mis soldados.
Cuando di la vuelta vi a un sacerdote con dientes afilados como los de una piraña y el rostro empapado por lágrimas de sangre, furioso se abalanzo asía nosotros saltando y trepando por las paredes
-¡disparen!-dije gritando.
Pero aquella entidad lograba esquivar todas las balas y en cuestión de minutos había acecinado a gran parte de mis soldados, los tomaba por el cuello y los mordía con tanta brutalidad que en ocasiones les arrancaba partes del cuerpo; uno a uno había matado ya a todos mis hombres y solo quedábamos ambos de pie cuando extendió sus brazos como si no hubiera huecos ni músculos y tomándome de las pantorrillas me arrastro lentamente entre los cadáveres de mis amigos. De repente mientras veía sus rostros desfigurados recordé todos los momentos que habíamos vivido juntos, toda la hermandad que había nacido entre nosotros, y dejándome llevar por odio, tome el cuchillo que guardaba en mi chaqueta; y antes que esas navajas que tenía en la boca tocaran mi cuerpo le clave mi arma en la frente, haciendo desaparecer al fantasma y salvando mi vida.
Al terminar Julio Cesar con su relato me puse de pie y Salí de la habitación sin pronunciar palabra alguna; camine y camine durante muchas horas sintiendo lástima de ese desdichado hombre. Esa misma noche no logre dormir a causa de la gran tristeza que albergaba en mi corazón, sabiendo que al amanecer este nuevo amigo mío sería transferido a otro centro mental en otra ciudad; en ese momento se me ocurrió que debería estar bien vestido cuando llegase al otro centro y levantándome de mi cama semidesnudo fui a buscar uno de mis más finos trajes para regalárselo cuando vaya a verlo por última vez.
Ya a mitad de mañana estando frente a frente y ambos con trajes sumamente elegantes Julio Cesar dijo:
-no entiendo porque los jóvenes de ahora son tan mal educado que ni siquiera de despiden, solo se paran y se van; pero no importa, de todos modos te compartiré otro de mis tantos relatos.
EL RESUCITADO:
Era de madrugada y yo andaba perdido, hasta que llegue a una vieja cabaña alumbrada por la tenue luz de una velas ; en medio de el único salón existente se encontraba el cadáver de un anciano cubierto con sábanas; camine y tome asiento junto a una joven mujer que no cesaba de llorar. Al ver mi viejo reloj eran las tres en punto, hora en la que un enorme gato entro al salón y comenzó a maullar de tal modo que parecía un llanto humano lleno de sufrimiento; fue también a esa hora que ante mis cansados ojos el cadáver del anciano se levanto y camino asía mí moviendo su…
Pero, antes que Julio Cesar culmine con su relato, cayó al suelo victima de la epilepsia; impresionado por su abrupta caída me levante rápidamente del cómodo sillón forrado en cuero y llame a gritos a los enfermeros de turno y cuando entraron me tomaron de manera muy ruda de los brazos y uno de ellos dijo:
-su delirium tremens está empeorando.
-pensé que sus alucinaciones con que es doctor y tiene de paciente a un viejo soldado alcohólico habían desaparecido- respondió otro enfermero.
Sí hoy logro disculparme por la enorme confusión habida, despedirme de ustedes y de paso concluir con mi historia es gracias a la caridad de estos enfermeros ya que en este centro mental el uso de pluma y papel esta prohibió a los pacientes como yo.
Carlos Alberto Abanto Rodríguez.