Esta también es mi historia, fui testigo clave y casi culpable de lo sucedido, no quiero poner a prueba mi inocencia, sin embargo estando libre de culpa fui parte del atentado. Todo inicia cuando Sofía encontró en una tienda de libros usados un misterioso y gran libro de alquimia, era tan viejo que al girar las páginas parecía hablarnos, yo emocionada por lo que para mi fue un encuentro cara a cara con el pasado, arrebaté el libro de sus manos e inicie a satisfacer mi curiosidad, al descubrir que estaba escrito en algún idioma antiguo, buscamos ayuda en Alberto un estudioso que amaba las lenguas legendarias como la del libro. Luego de descifrar algunos confusos mensajes abandonamos la aventura; Alberto se enfado por nuestra falta de interés y pidió que dejáramos el libro con él y así lo hicimos.
Tiempo después encontré a Alberto en la biblioteca con un aspecto totalmente diferente a como lo conocí, me sorprendió la expresión de angustia en su rostro, estaba alterado y colérico; me acerqué a saludarlo, contesto mis buenas tardes de manera cortante y poco cordial, así que me retire casi de manera inmediata d su mesa, pero no pude evitar fijarme en lo que estaba leyendo, era un texto extraño sobre como alcanzar la eterna primavera; busqué un lugar donde pudiera observar a Alberto y me senté a leer, de rato en rato levantaba la mirada en dirección a él y podía observar su ansiedad.
A la semana siguiente de mi encuentro con Alberto, Sofía pregunto por él y si libro, al escuchar mi respuesta se preocupó y me propuso ir a saludarlo por su medio siglo de vida y pedirle el libro prestado, le tome la palabra y acordamos encontrarnos en la plazuela que queda a la vuelta de la casa de Alberto el miércoles antes de la media noche.
Ya siendo miércoles llamé a Sofía diciendo que me desocuparía tarde de mis quehaceres y que mejor la encontraba en la casa de Alberto pasada las doce, ella aceptó con decepción mi inconveniente y lo dejamos así.
Desde aquella noche paso las madrugadas en vela viendo en la oscuridad el brillo de los ojos de Alberto y en las siluetas formadas por la sombra de los objetos la figura tendida de mi miga Sofía.
Autora: Irma M. Cabrera Abanto
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