miércoles, 18 de mayo de 2011

Grupo: Liter

EL SILENCIO DE MI MADRE:
Los rayos del sol cubrían y calentaban a la misma vez mi rostro, abrí los ojos y vi a mi madre sentada en mi escritorio, le pregunte: ¿qué estas haciendo?, espere su repuesta por unos segundos, pero no contestó; la escuché suspirar y vi levantándose lentamente con unas fotografías en la mano; dándome la espalda salió por la puerta trasera hacia en balcón, que en la parte de abajo se encontraba el patio ya la cocina.
Fue raro su comportamiento, me levanté asustado y corrí a verla y preguntar otra vez de que, era lo que tenía, estaba sentada en una silla mirando hacia la cocina, al acercarme vi nuevamente las fotografías en su mano, que estaba contra su pecho; tenía miedo, tanto así  que no me dio ganas ni de acercarme, subí a mi cuarto, me eche a dormir otra vez, por unos minutos; nuevamente desperté y baje a ver a mi madre, ya no estaba, no había nadie; bueno pregunte: ¿Dónde estará? fácil salió a comprar, subí nuevamente a mi cuarto y me quede dormido otra vez, desperté al poco rato y baje otra vez, encontré a mi madre y le pregunté: ¿Por qué no me habías contestado en la mañana?, volteo rápidamente y me dijo, que en ningún momento me había dicho algo, que yo no me había levantado aun de mi cama, que recién me levanto. ¿?
Me quede pasmado y sin decirle nada volteé  y me dirigí a mi cuarto, me eche en mi cama y simplemente me puse a pensar en el sueño que había tenido.
Quijano Vigo, Edwin Joel
 ANCIAS:
Ahí estaba él, desnudo, bello, tan quieto que parecía muerto, me llenaba de emoción de poder estar a su lado, era mágico; fui acercándome poco a poco y en silencio para no interrumpir su tranquilidad. Al acostarme a su lado no pude sentir su calor, parecía alejarse de mi, como si el destino no quisiera que nos amaramos.
De un momento a otro la habitación se formo oscura y el miedo invadió mi ser, no lo podía ver, ni sentir, ¿Acaso lo estaba perdiendo? Aquella preocupante idea incrementaba mi temor mientras mi mente imaginaba posibles desgracias, de repente sentí un roce extraño, frío sin ternura, mi cuerpo se estremeció y lentamente abrí los ojos; el jamás existe, ni la habitación era real; estaba sola baca arriba tratando de regresar aquel sueño para evitar se alejado de él.
Cabrera Abanto, Irma


APAGA LA LUZ:
Ya ningún ruido atravesaba las paredes de la habitación pero aun quedaba el ligero fluorecer de un foco que recién se había apagado, un pestañear interrumpido por el crujir de la madera del piso, la silueta de la ventana a duras marca sus formas rectangulares, quieres irte a prender la luz, es inútil tu cuerpo está inmóvil, sientes que no puedes moverte, solo tus ojos van de lado a lado, sientes tus manos amarradas a la cama, decides decir algo y en la oscuridad tu cuerpo siente un escalofrío, al sentir una inmensidad de un vacio que crees percibir en la pared que poco a poco se acerca hacia ti, te quedas en el silencio. Está a tu lado. Te sientes dormir, pero abres los ojos de nuevo, esta vez estas desnudo con los brazos amarrados a la cama, quieres gritar pero sientes que no tienes boca, inhalas profundamente y apareces en como todo estuvo al inicio, en tu desesperación luchas con todo para poder moverte, pero la sabana asfixia tu esfuerzo y sientes un desmayo, cayendo en la inmensidad de la luz que lentamente tus ojos develan una televisión prendida, mostrando solo estática. Si, es un sueño en el sofá de la sala, cubierto con una frazada, vas a tu habitación, apagas la luz y todo queda oscuro a acepción, del ligero fluorecer del foco.
Basan Pajares, Francis

lunes, 2 de mayo de 2011

Sueños Grupo: La Tribu

Estábamos en medio de la selva, hombres, ancianos, mujeres y niños; todos alrededor de una gran fogata. Yo desde la parte de atrás estaba sentada tejiendo mientras escuchaba las palabras de los sabios ancianos que nos relataban historias y nos aconsejaban para la vida. De pronto, noté que ya no tenía más hilo para tejer, entonces me puse de pie y caminé fuera del grupo; me acerqué a los árboles  y empecé a trepar. Con las manos me cogía de las ramas y con los pies me impulsaba. Los árboles tenían como cuarenta metros de alto, pero parecía muy fácil de llegar arriba. Una vez en la copa del árbol empecé a arrancar las ramas más finas, las ponía una por una entre mis labios pues con una mano me sostenía y con la otra las escogía. Logré bajar fácilmente deslizándome cual ágil mono hasta llegar al suelo. Caminé en silencio hasta llegar nuevamente al grupo de la tribu y noté que los niños jugaban alegremente mientras las mujeres atendían a los hombres quienes conversaban con los ancianos, Lo curioso es que noté que el hilo que usaba para tejer, eran las ramas que recogí, que fueron peladas cuidadosamente por mi hasta convertirlas en finos hilos;  seguía tejiendo mientras miraba el fuego, es entonces donde desperté.
Por: Sandra Malpica Ch.}

Sabía que me había levantado tarde, así que sin mirar el reloj me vestí rápidamente y salí corriendo.  No había llegado aún a la puerta de mi casa y ya me encontraba parado en uno de los corredores de mi colegio, buscando mi salón de clase.  Me sentía avergonzado, más por tener que vestir un uniforme escolar a la edad que tengo. Me encontraba confundido y preguntándome repetidas veces ¿Por qué no terminé el colegio cuando debía?...
Toqué la puerta y me doy cuenta que encima había llegado tarde, pues todos se encontraban dentro del salón.  ¡Qué vergüenza! Los compañeros me miraban y yo busqué un lugar libre.  Vi una carpeta vacía al fondo y me dirigí hacia ella.  Esa carpeta está ocupada me dijeron.  Malpica no vino hoy.  ¿Malpica? Malpica soy yo respondí.  Una carcajada al unísono retumbó en el salón. De pronto y sin que pase mucho tiempo alguien gritó mi nombre.  ¡Arturo!, ¡Arturo! Las risas no cesaban, pero el ambiente era otro.  Era sí un salón de clases, pero en la universidad.  Me había quedado dormido en clase de Marketing.
Por: Arturo Malpica R.
Era ya demasiado  tarde y estaba saliendo de mi colegio, iba con  mis amigos a juagar u poco de fútbol  al parque, y de repente se nos acercó mi profesor de matemática y nos llevó a la escuela, nos hizo sentar en las sillas, mientras el comía sus papas fritas nosotros resolvíamos ejercicios, termino sus papas fritas y comenzó a revisar los ejercicios, uno por uno, tenía un clavo caliente en la mano  y de aquel que estaba mal su ejercicio le quemaba con el clavo en la palma de la mano, ellos, mis amigos comenzó a gritar de dolor y pronto me tocaría a mi e hizo lo mismo y dolía muchísimo y no podía soportar y queríamos escapara, pero, todo estaba cerrado con candado, en ese clamor a gritos que nuestras gargantas con júbilo decían auxilio, ayuda, ayúdenos, como si un ángel hubiese llevado nuestro clamor hacia el altísimo, apareció un hombre, se parecía a nuestro profesor de física, pero no era el, tenía la mirada ´perpleja y el cuerpo robusto, cogió una pelota y la lanzó con mucha fuerza que cayo justo en la cabeza del profesor de matemática y fuimos liberados e incluso sano nuestras heridas de la mano, me asuste de repente abrí mis ojos  y solo era un sueño, que alivio.     
Por: Yover Vásquez V.

Qué extraño me desesperado por las purasjaja que extraño,Que hago parado frente a mi cómoda, mi celular que,hora es 3.30 umm que hago despierto. Jajaja algo extraño pasa que estoy haciendo frente ami interruptor, creo que no estoy despierto maldita sea grita, grita, mueve tu mano, un pie, maldita sea es un pesadilla, todo está oscuro no puedo moverme de mi cama, comienzo a sentir otra presencia jalándome lentamente de uno de mis pies grita, grita, grita maldita sea la desesperación no me deja pensar bien tranquilo, tranquilo, respira y piensa me está jalando ya, caeré de la cama maldita sea mierda.
Hijo estas bien, si mama creo que solo fue una pesadilla.
Por: Gherald Salazar O.
Un día de estos
Gabriel García Márquez


El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
            Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
            Después de la ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
            —Papá.
            —Qué
            —Dice el alcalde que si le sacas una muela.
            —Dile que no estoy aquí.
            Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
            —Dice que sí estás porque te está oyendo.
            El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
            —Mejor.
            Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
            —Papá.
            —Qué.
            Aún no había cambiado de expresión.
            —Dice que si no le sacas la mela te pega un tiro.
            Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
            —Bueno —dijo—. Dile que venga a pegármelo.
            Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
            —Siéntese.
            —Buenos días —dijo el alcalde.
            —Buenos –dijo el dentista.
            Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.
            Don Aurelio Escovar le movió la cabeza hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una presión cautelosa de los dedos.
            —Tiene que ser sin anestesia —dijo.
            —¿Por qué?
            —Porque tiene un absceso.
            El alcalde lo miró en los ojos.
            —Esta bien —dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
            Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, mas bien con una marga ternura, dijo:
            —Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
            El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
            —Séquese las lágrimas —dijo.
            El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose. "Acuéstese —dijo— y haga buches de agua de sal." El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
            —Me pasa la cuenta —dijo.
            —¿A usted o al municipio?
            El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:
            —Es la misma vaina.
“El Corazón Delator”
Edgar Allan Poe

            ¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuanta tranquilidad les cuento mi historia.
            Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
            Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con que habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándole por su nombre con voz cordial, y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarle mientras dormía.
            Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque le sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguía empujando suavemente, suavemente.
            Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
            —¿Quién está ahí?
            Permanecí inmóvil, sin decir una palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
            Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: “No es más que el viento de la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez”. Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, por que la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que le movía a sentir —aunque no podía verla ni oírla—, a sentir la presencia de mi cabeza en la habitación.
            Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna. Así lo hice —no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado—, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
            Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras le miraba. Le vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
            ¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
            Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas y respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener, con toda la firmeza posible, el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latido del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquel que me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía unos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarle al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón, y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
            Si ustedes continúan tomándome por loco, dejarán de hacerlo cuando les descubra las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver, le corté la cabeza, brazos y piernas.
            Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano —ni siquiera el suyo— hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
            Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero era tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
            Hallé a tres caballeros que se presentaron muy civilmente como oficiales de la policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de un atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
            Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Lleve a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y como cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
            Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba complemente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para liberarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
            Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguía hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y qué podía yo? Era un resonado apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije, juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y sospechaban! ¡Sabían, y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, si lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
            —¡Basta ya de fingir malvados!— aullé —¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Dónde está latiendo su horrible corazón!

Lee y conducirás, no leas y serás conducido.
Santa Teresa de Jesús

La lectura hace al hombre completo; la conversación, ágil, y el escribir, preciso.
Francis Bacón

La lectura es a la inteligencia lo que el ejercicio es al cuerpo.
Richard Steele

Hoy es el inicio de una NUEVA ETAPA LITERARIA porque hemos logrado concretizar un espacio virtual con el objetivo fundamental de difundir nuestros sentimientos, vivencias, emociones y sueños que nos acontecen a cada uno de nosotros como la fuente de inspiración máxima que tiene todo joven escritor.

Esta vitrina literaria permitirá publicar de manera periódica todas los opúsculos incipientes que con ingenio, talento y pasión ustedes, diamantes misterioros, compartirán con sus lectores.

Los invito a sumergirse en el mar ecuménico de la literatura y a compartir sempiternos momentos de prosa literaria que los alumnos del curso de LITERATURA nos deleitarán paso a paso en esta senda cultural.  

MARTÍN AGIÓN